Si quisiéramos empezar con una sarta de tópicos, podríamos conformarnos y definir Todos los años perdidos de Miguel Rubio como un retrato social, una novela negra o una historia de fantasmas, pero creemos más bien que ninguna etiqueta manida agota la novela,  ya que ésta, para perplejidad de críticos complacientes, no se ajusta a una lectura fácil, sedante. Sí, también podríamos calificarla como una “obra maestra”, pero quizás mejor explicarse y decir por qué se opina de tan exaltada manera.

¿De qué va esta historia realmente? ¿Cual es el resorte que da sentido al texto?  Estimamos que el personaje central y narrador esconde la respuesta a esta pregunta de una forma sutil pero luminosa, diríamos que el personaje central y narrador tiene, como característica más destacada que le constituye, una relación extraña con la memoria. La sucesión de los hechos del pasado para él no marcan necesariamente un antes y un después, no es una mera sucesión temporal vacía o previsible, sino que asistimos a acontecimientos que podrían haber permanecido en un segundo plano vital o simplemente relegados al olvido, que rebuyen veintidos años después en desorden. Hechos que como bien señaló el escritor malagueño Jose Luis Gonzalez Vera responden a la mecánica del fátum, del hado, del destino, en la acepción más bien de “fatalidad”, del hecho fundamental que cambia el rumbo de una vida de forma definitiva e irrecuparable. Otro tratamiento del tiempo singular de este personaje es su incapacidad para deshacerse del pasado y de los seres que lo habitaron. Sin embargo, esa pervivencia de recuerdos que padece, su indeseable permanencia, es la clave de toda la historia, estamos hablando de los “años perdidos” a los que se ciñe el título.

Dijimos que podría etiquetarse como una historia de fantasmas y me justifico: cómo si no definir los devaneos de alguien que se esfuma, que después se aparece a sus amigos y estos se sobresaltan como si vieran un muerto. El recuerdo de Lucía, el primer y catastrófico amor del protagonista, también es un fantasma que merodea por toda la historia,  pero que inevitablemente solo pertenece al cerebro del protagonista y no a una realidad que no se puede aceptar. Poco diré más sobre “esta” fantasma, evidentemente ella es, el eje que, con una presencia indiscutible pero vaporosa, da forma a toda la historia.

La primera frase contiene ya una de las claves de la historia, una idea que se despliega a lo largo de las páginas y que contiene una de esas verdades que solo la experiencia reconoce, se trata de la distancia que separa la realidad y los sueños que invaden nuestras maltrechas mentes: “Veintidos años esperando esto”. No se necesita más que una cifra y la alusión a la espera para entrar de inmediato en la experiencia del protagonista, en su nefasta relación con el tiempo.

El hecho de elegir como narrador al protagonista me parece una decisión arriesgada en cualquier novela. En una narración como esta, donde la profusión de sentimientos y hechos trágicos contiene emociones difíciles de controlar (se suele valorar mejor la escritura seca, que se aleje de exaltaciones y grandilocuencias), parece más seguro optar por un narrador omniescente, una tercera persona ajena que imponga un distanciamiento frío que rebaje la tragedia a mera sucesión de hechos. Pero en Todos los años perdidos el peligro está bien resuelto gracias a la excepcional construcción del personaje de Samuel.

Para empezar, se resuelve con acierto la dificultad que supondría “colocarle” un acento a alguien que pasó 22 años en Argentina, que lee con naturalidad el Clarín,  pero que no se molesta en prodigar argentinismos ni lunfardos que correrían el riesgo de resultar poco creíbles: “el acento es como un sombrero que se pone o quita según convenga”, dice el propio Samuel en la novela. No solo se evita impostar un lenguaje ajeno, sino que refuerza la idea de este exilio como un mero paréntesis, de heridas no cerradas, cuando regresa no es ya joven pero el tiempo se detuvo, sigue hablando con el mismo acento y el mismo lenguaje del Madrid al que pertenece.

Sin duda hay una necesaria escisión entre aquel Samuel joven del Marquee y el Samuel que vuelve a Madrid tras veinte años. El primero se encuadra en el paradigma de la juventud sin límites, que suele tener como lema ese “llevarse la vida por delante” que suscribiría cierta leyenda del Madrid ochentero. Pero en el ambigüo sentido de la cita también implica la presencia de esa fatalidad de unos hechos enmarcados por cierto delirio donde confluye sexo, amistad, muerte y unos cuantos condimentos más de esta misma raíz.

No deja de suponernos, como lectores acomodados que somos, un aliciente esta estética de los excesos ochentera, que contrasta inevitablemente con la desidia de una sociedad “ordenada” como la que sufrimos y de unos jóvenes cuyos atropellos carecen tanto de sentido como del distintivo de libertad que aquellos años ostentaban, aunque ahora dudemos de su autenticidad.

La estructura narrativa maneja de forma adecuada las sucesiones temporales, la colocación de estos flashback, el enlace entre unos momentos y otros, todo esto es fundamental tratándose de una novela donde el tiempo es protagonista principal. Existe una especie de continuidad en las sucesivas pérdidas que va sufriendo Samuel, que incluye la merma de todo lo que se le antoja querer o desear. Esta estructura también se podría incluir ciertamente en los cánones de la novela negra, no solo por la intriga de la búsqueda de Lucía o la presencia constante del anti-héroe Samuel, que bien podría confundirse con un personaje de Raymond Chandler, sino también por la línea conductora de la historia en manos de un ser desgarrado rodeado de personajes desgarrados, por la presencia del alcohol y de una ciudad que solo podría estar fotografiada en blanco y negro.

Adentrándonos más en la sucesión de las páginas, nos deleita especialmente toda la parte inicial donde se descubre lo que sucedió en el Marquee. Mediante frases cortas, acciones y objetos que se suceden en medio de la vorágine de un concierto, se va describiendo una serie de movimientos cada vez más desenfrenados que desembocan en el asesinato del “Rubio”. Es un esmerado retrato del “descontrol”, donde sexo y muerte encuentran su lugar en una espiral caótica.

El capítulo cuarto empieza con la despedida de la madre, aparece por primera vez el nombre de Samuel, lo cargado de emotividad del momento justifica esa irrupción del nombre como un hecho significativo. Como significativo es la figura de la madre que lo dispone todo para la huída de su hijo con una frialdad y seguridad extraordinarias. Esa contención evita la previsible sensiblería y a la vez construye la figura de una mujer dura, definida por dolores pasados y no por lágrimas fáciles.

En cualquier caso, las lágrimas no sobran en ningún otro lugar, más adelante Samuel afirma, tras saber que su madre ha muerto, que “desde entonces no volvió a derramar una lágrima”: vacío pertinente que refuerza la idea de que el sufrimiento tiene ciertos límites a la hora de manifestarse.

La narración de Samuel está enriquecida por un continuo trato con lo “exterior” que le rodea, con el ámbito físico que ocupa. Esto permite al lector percibir adecuadamente su estado de ánimo y lo que siente en todo momento. Así, en su huída, va en un autobus donde hace calor, pero él siente frío. La expresión de estas sensaciones no carece de importancia, no es un añadido para rellenar, sino que tienen una labor primordial en el relato. En este caso, la diferencia entre la temperatura real y la que él siente establece la primacía que se da en toda la obra a la subjetividad del personaje, lo que realmente tiene importancia es lo que siente Samuel.

Es en este cúmulo de sensaciones que percibe en su regreso donde encontramos la descripción de un Madrid único, original, fuera de lo que pueda encontrarse en cualquier guía turística imaginable. Desconocemos si el Madrid actual dispone de un mejor retrato que este. En otros libros quizás se puedrían encontrar, de los barrios bajos, por ejemplo, pero no con la visión global, filtrada por un necesario pesimismo, que se encuentra en Todos los años perdidos.

Luego está la lista de sus antiguos amigos y conocidos, Juan, Julio, Lola, que cumplen un papel desolador pero necesario en la historia: todos en un momento u otro le dan la espalda, no esperan que aparezca después de tanto tiempo, o le reciben de mala manera. Los que antes fueron amigos ahora no ven en él sino a un fantasma. La experiencia es tan real que suponemos que siempre es así, que el pasado tiene unas fronteras que no conviene traspasar.

La completa serie de “personajes secundarios”, algunos de ellos ejemplos de esas vidas absurdas de las que están repletas las calles, están tamizados a través de la ironía de Samuel, bordean lo irrisorio. Muestran, más allá de los términos de una posible crítica social, un panorama donde la necedad campa a sus anchas, y el tono lo marca la indiferencia que demuestran ante los hechos vitales trágicos que marcan la vida de Samuel. El dependiente de la tienda de informática, la vieja cacatúa del perro, la secretaria de Roberto o la vieja con la botella de quina, no son más que ejemplos de unos seres reconocibles en su absoluta mezquindad y que justifican la pretensión de soledad de cualquiera. A parte de eso, son tremendamente divertidos, precisamente por ese contraste con lo terrible de la historia, el humor se hace indispensable una vez más para compensar el desasosiego que la historia de Samuel produce, como ya hiciera magistralmente en Ahora que estamos muertos, la anterior novela de Miguel Rubio.

“La conversación del taxista” . Así se podríamos titular un ensayo sobre este tema, y la que encabeza el capítulo octavo sería el prototipo y ejemplo perfecto. No viene más que a confirmar el dominio del autor de diferentes lenguajes callejeros, podríamos decir que domina el costumbrismo, salvo que sus intenciones sobrepasan con creces un género que parece solo bueno para entremeses. Lo cierto es que esta maestría permite acumular más datos para esa muy especial descripción de Madrid, basada suponemos en una observación penetrante y una mala leche considerable, el distanciamiento que la ironía impone ayuda bastante. Plagados de lugares comunes y frases hechas, estos lenguajes consiguen el casi-milagro de ser vivos y reconocibles, más de uno habrá coincidido con un taxista así en algún momento de su vida. Desde el punto de vista novelístico, es una suerte contar con estas descripciones basadas en lo que dicen los personajes, tan eficaz o más que una excelente descripción de objetos o ideas.

Hay otros personajes que sin embargo destacan por su buena armazón, por la verosimilitud, y por la perfección en la elección de detalles que los definen. Destacaría el del policía Madero y el de Encarna. El de Encarna es un encuentro de frontera, digno de una “road movie”, una unión en perfecta soledad, caracterizada por la absoluta imposibilidad de un futuro, pero también marcada por la ternura en un sitio, el hostal, que es viejo, “pero está limpio”, escenario del encuentro entre dos personas que solo tienen en común el ser alguién que no podrá permanecer en ningún sitio y alguien que desearía estar en cualquier otra parte. Esta imposibilidad de permanecer la ilustra la absurda intención de Samuel en su idea de acudir a un gimnasio, donde contrastará ridiculamente con Fer y todos los tópicos de la sociedad “cool” que patentizan lo que separa a Samuel del nuevo mundo que aparece delante de sus ojos tras su regreso.

Enrique Madero el expolicía, también esta magistralmente planteado, en un bar, leyendo a Moby Dick y con una brusquedad incontestable, al igual que al capitán Ajab no le dejó dormir la persecución de la ballena blanca, Madero permaneció dando vueltas en la cabeza al caso del asesinato del Marquee, una persecución que no le hizo perder una pierna pero si le marcó la vida, es una de esas obsesiones que constituyen muchas buenas novelas como el clásico de Melville.

Pero por supuesto está también Lucía. Nos atreveríamos a añadir que estos fantasmas se prodigan con facilidad en nuestras cabezas y se justifican por la desolada contrapartida que la realidad ofrece. La delicadeza con que se construye este fantasma es uno de los éxitos de la novela porque no es fácil llevarla a cabo, sería más cómodo construirla una historia, un rostro visible, unas palabras, crear una ausencia es más complicado, requiere de herramientas más potentes y aquí se consigue el prodigio de dar vida a un recuerdo.

La enumeración de lugares y objetos reconocibles conceden realidad a toda la historia. La Gran Vía, la tienda de discos, Cuatro Caminos, los bares, las tostadas con tomate, el amigo Danny o´Keefe,  todos, me parece a mi, bastantes cercanos al autor por una razón u otra, y que, más que suponer un simple guiño a una realidad vivida, colaboran en hacer más personales las actitudes y movimientos de Samuel. No es una coincidencia biográfica, es una legítima utilización de lo vivido para convertirlo en materia prima novelable. Algún autor estimable ha concluido que no es necesario “haber vivido” para escribir bien, aquí sin embargo parece que la vida del autor enriquece una historia que quizás no es la suya, aunque problemas análogos seguro han pasado alguna vez por su cabeza. Las diferencias entre vida y escritura exigen también un equilibrio que aquí se ha mantenido provechosamente.

Muchos más recovecos tiene esta gran obra maestra, si se nos permite terminar como empezamos, con el más tópico y exagerado de los tópicos, pero que por una vez parece estar justificado por una lectura de Todos los años perdidos que, indudablemente, parece no agotarse nunca. Gracias, Miguel.

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